Detenerse para observar el proceso

Parar, revisar y reajustar: seguimiento y evaluación del proceso

A medida que el proyecto de intervención iba progresando, consideré conveniente llevar a cabo un momento de evaluación y seguimiento intermedio para observar cómo estaba avanzando el proceso y evaluar los progresos y las dificultades que se habían encontrado hasta ese punto. Este espacio de reflexión fue crucial para reajustar la intervención y garantizar que las sesiones realizadas seguían siendo apropiadas para lo que los jóvenes necesitaban.

Se realizó el seguimiento a través de reuniones individuales con los jóvenes, además de observar constantemente el nivel de participación y cómo se desarrollaban las sesiones previas. Esta etapa de evaluación facilitó la recopilación de las impresiones tanto del equipo como de los propios jóvenes, lo que propició una visión conjunta del proceso.

En general, se notó una mejoría en la participación de los jóvenes, sobre todo en cuanto a su involucramiento activo durante las sesiones y a una mayor consciencia acerca de su propio proceso laboral y emocional. Algunos jóvenes demostraron un comportamiento más proactivo a la hora de buscar trabajo y una mayor independencia en el manejo de los instrumentos utilizados anteriormente. Sin embargo, se identificaron variaciones en el ritmo de progreso, lo cual confirmó la relevancia de sostener rutas personalizadas y flexibles.

Desde el punto de vista del proceso, uno de los elementos más importantes fue que uno de los jóvenes asistió de manera irregular debido a su estado emocional. Esta circunstancia posibilitó que se reflexionara acerca de la importancia de adecuar la intervención a periodos de vulnerabilidad elevada, fortaleciendo el acompañamiento y evitando lecturas centradas exclusivamente en el compromiso o responsabilidad personal.

Se hicieron pequeños cambios en el acompañamiento después de esta evaluación intermedia, dando prioridad a aquellos elementos que eran más relevantes para cada uno de los jóvenes, como la clarificación de metas laborales, la mejora de la autoestima o el reordenamiento del tiempo de intervención. Estos cambios ayudaron a que los jóvenes se sintieran más acompañados y entendidos durante el proceso.

Desde una experiencia personal y laboral, esta etapa de seguimiento me hizo entender que la evaluación es una herramienta de mejora continua, no solo un componente final del proceso. Evaluar significó hacer una pausa, observar con más atención y poner en duda mis decisiones como futura psicopedagoga, incorporando la reflexión como un componente fundamental de la práctica. Creo que esta etapa de revisión y ajuste fue crucial para fortalecer el procedimiento de intervención y preparar la conclusión del acompañamiento, destacando lo esencial que es una evaluación constante y centrada en las personas.

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